Los hispanos están pagando el precio de ser 'esenciales' durante la pandemia

Por American Heart Association News

djvstock/iStock, Getty Images
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Desde que comenzó la pandemia del coronavirus, María de Lourdes Alvarado ha tenido que trabajar turnos adicionales y horas extras cuando sea posible, igual que millones de empleados esenciales en otros sectores que ayudan a conservar un sentido de normalidad en sus comunidades.

De manera similar, Alvarado también lucha con la carga médica y económica de los estragos ocasionados por COVID-19 en todo el país.

La organización sin fines de lucro en Los Ángeles donde trabaja como administradora, el Instituto de Educación Popular del Sur de California, ofrece alivio a la comunidad para las repercusiones económicas, personales y médicas de la pandemia. En una funeraria que supervisa los fines de semana, ha sido testigo de los efectos trágicos que han sufrido familias como la suya.

Su esposo, detallista de automóviles, perdió su empleo en marzo y sigue desempleado. Su hijo de 23 años se graduó recientemente de la Universidad del Norte de Arizona y le ha sido difícil encontrar trabajo. Su hijo de 16 años sigue en casa completando su educación preparatoria en línea.

"La razón principal por la que trabajo tanto, es por haberme convertido en quien que mantiene a mi familia. Además, trato de evitar las deudas porque mi objetivo principal es enviar a mis hijos a la universidad", dijo Alvarado.

"Sin embargo, también aprecio a mi comunidad. El haber trabajado con jornaleros y empleadas domésticas realmente me ha hecho darme cuenta de lo frecuente que la comunidad latina se queda atrás. Es difícil entender cómo personas como yo tenemos diabetes, colesterol alto o presión arterial alta. No lo sabemos porque no acudimos al médico tan seguido como deberíamos", agregó. "Si COVID-19 afecta más a la comunidad latina, eso se debe a que muchas personas no conocen su propio estado de salud y no tienen dinero para atenderse".

Los hispanos, que representan alrededor del 18% de la población estadounidense, se están enfermando y muriendo desproporcionadamente en comparación con los blancos no latinos, ya que la pandemia sigue destacando las inigualdades sociales que, históricamente, han dejado a las comunidades marginadas con mayores riesgos de exponerse al virus.

Un estudio reciente encontró que los latinos mayores de 65 años tenían un riesgo dos veces mayor de morir a causa del coronavirus, comparados con personas no latinas de raza blanca del mismo grupo de edad. La investigación, en la que se observaron estadísticas de los Centros para Control y Prevención de Enfermedades (Centers for Disease Control and Prevention, CDC) y del Buró de Estadísticas Laborales de EE. UU. y otras fuentes de información académica y de medios noticiosos, indicó que los adultos de raza negra mayores de 65 años tuvieron un índice tres veces mayor de fallecer por el virus, comparados con personas de raza blanca del mismo grupo de edad.

La comunidad hispana, con segmentos que se han visto golpeados duramente por la falta de alimentos saludables y atención médica, en sí tiene altos índices de riesgo para presión arterial alta que no está controlada, obesidad, diabetes y enfermedades de las arterias coronarias. Esos padecimientos subyacentes hacen que estas personas sean más susceptibles a desarrollar casos más graves de COVID-19. Hacia finales de septiembre, los hispanos representaban el 29% de los 2.7 millones de casos documentados por los CDC y el 16.6% de más de 121 mil muertes en las que se pudieron determinar la raza y la etnicidad.

El panorama económico es igual de desalentador. De acuerdo con un estudio del Pew Research Center, 6 de cada 10 hispanos – un 59% de los encuestados en mayo – viven en hogares en los que alguien perdió su empleo o tuvo recortes de sueldo. Eso significa que otros familiares tienen que seguir trabajando, a menudo en empleos en los que no se les proporciona equipo de protección personal adecuado. Esos empleos incluyen trabajo de limpieza o en plantas de procesamiento de alimentos, personal de supermercados y chóferes de entrega de alimentos.

María de Lourdes Alvarado (at right, in white pants) joins in celebrating a Los Angeles proclamation last year, marking Día del Jornalero, Day of the Day Laborer. Alvarado, who is holding down two jobs, is helping educate her community after her recovery from COVID-19. (Photo courtesy of María de Lourdes Alvarado)
María de Lourdes Alvarado (a la derecha, con pantalones blancos) se une a la celebración el año pasado de una proclama de Los Ángeles, marcando el Día del Jornalero. Alvarado, quien tiene dos trabajos, está ayudando a educar a su comunidad después de su recuperación del COVID-19. (Foto cortesía de María de Lourdes Alvarado)

"Lamentablemente, existe una alta proporción de hispanos o personas de otras minorías que trabajan como empleados esenciales y eso los pone en las líneas del frente de la pandemia", dijo el Dr. Jorge Saucedo, cardiólogo en jefe del Colegio Médico de Wisconsin en Milwaukee.

"Se trata de empleos que nadie puede desempeñar desde su casa y cuyos ambientes presentan altos niveles de exposición. En los momentos pico de la pandemia, si usted era una persona latina en Estados Unidos, tenía una probabilidad dos veces y media mayor de fallecer a causa de COVID-19, comparada con una persona de raza blanca promedio. El virus también se esparce mucho más rápido en la comunidad hispana".

Aunque Alvarado dice que ha tenido cuidado al usar un cubrebocas, seguir los protocolos de higiene y distanciarse físicamente cuando se encuentra con otras personas, ella se enfermó de COVID-19 en julio. Alvarado, quien sufre de diabetes, tuvo fiebre, fatiga muscular, dolores de cabeza y pérdida del olfato y el gusto durante diez días. Luego, después de varios días de sentir que recobraba la salud, volvió a recaer con fiebre.

"Fue como una montaña rusa", comentó. "Un día sientes que estás ganando la batalla y luego todo se derrumba nuevamente y acabas con fiebre y sin energía. También entré en depresión. Temí mucho que me sucedieran las cosas que he visto en la funeraria".

Ahora que ya se recuperó y regresó a su trabajo, tiene más determinación que nunca para ayudar a educar a su comunidad, sobre todo a quienes solo hablan español. Es originaria de México y ha vivido en Los Ángeles desde 1995.

"Ha habido muy poca información para las comunidades de habla hispana", dijo. "A los latinos les gusta estar en contacto cercano con sus seres queridos y a menudo viven muchas personas en un mismo apartamento. Ellos no entienden esto".

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